A principios de 1991 llegué a la conclusión de que había errado mi profesión. Llevaba dos años trabajando en Softtek, desarrollando sistemas administrativos en COBOL para la AS/400 de IBM. Aún cuando aprendí mucho sobre administración de proyectos y fue un reto interesante por el intenso ritmo de crecimiento de la empresa, me di cuenta de que el producto que generábamos me aburría muchísimo. Y de pronto, después de haber invertido 6 años en esto (y una pequeña fortuna en colegiaturas por parte de mi familia), estaba enfrentando la posibilidad de que me había equivocado y que eso no era para mí. Yo quería hacer algo más visual, más creativo; no sistemas para bancos. Tenía una fuerte crisis vocacional.
Pero gracias a que había tenido la oportunidad, en 1986, de trabajar con una Macintosh y usar programas como VideoWorks (que luego se convertiría en Macromind Director), se me ocurrió que probablemente a través de la Mac podría acceder a un futuro profesional en el que pudiera explorar mis intereses sin tirar a la basura mi experiencia en programación. Fui a comprar la MacUser y la MacWorld para ponerme al día y me enteré de que Apple estaba lanzando Quicktime, y eso, aunado a que los CD-ROMs ya eran más comunes, y que Director ya contaba con un lenguaje de scripting robusto (Lingo), me hizo decidirme a lanzar una empresa dedicada a producir lo que en esos días empezaba a surgir: interactive multimedia. Vendí un VW que aún no me había adjudicado el autofinanciamiento que estaba pagando, y con eso compré una Macintosh IIsi, Director 3, Photoshop 3, y SoundEdit. Así nació 401interactivo en 1991, y desde ahí se puede trazar una línea bastante recta hasta donde estoy ahora.
Nada de esto hubiera podido suceder sin Steve Jobs.
Quizás alguno de ustedes piense que habría sucedido, de una u otra forma. Después de todo, muchos de los elementos que hicieron de la Mac la revolución que ha sido ya existían fuera de Apple, y si bien antes no se pudo capitalizar adecuadamente, alguna otra persona o empresa, tarde o temprano, habría creado una computadora personal con interfaz gráfica que fuera viable económicamente.
Puede ser. Pero no habría sido una Macintosh.
Hay un argumento que se usa para apreciar la diferencia entre el arte y la ciencia, que no recuerdo quién lo enunció (pero recuerdo que mi amigo Pedro Bonnin me lo dijo), que va más o menos así: la ciencia no depende de individuos específicos y el arte sí. Si, digamos, Darwin no hubiera existido, alguien más sin lugar a dudas hubiera podido arribar a la teoría de la evolución de las especies, tarde o temprano. Pero si Picasso no hubiera existido, Les Demoiselles d’Avignon no se habría pintado nunca.
Lo interesante, lo especial de Steve Jobs es que su legado es una combinación de arte y ciencia. Por eso es irrepetible. Por eso creo que nadie más habría creado una Macintosh. Y sin Macintosh, no habría Macromind, ni Adobe, ni un sinfín de empresas más. Y mi historia personal sería muy diferente.
Así que, naturalmente, siento un profundo agradecimiento hacia Steve Jobs. Y una profunda pena de que no haya vivido veinte o treinta años más. De la misma forma que es imposible estimar el impacto en la economía y en la vida de millones y millones de personas que directa o indirectamente fuimos facultados o inspirados por Apple, sería imposible estimar cuánto más habría podido aportar al mundo si no hubiera muerto. Es una pérdida incalculable.